Sep… Tiemble

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Sep… Tiemble

La vuelta a la rutilante rutina familiar

Creo que el año podría dividirse en dos cuestas: la de invierno en enero y la de verano en septiembre. ¿Me apoyan? Y puestos a elegir, sinceramente, creo que incluso la de invierno se me hace más llevadera que esta. ¡Colgamos el bañador y de vuelta a la rutina!

Diversos estudios dicen que en septiembre un 65% de los trabajadores en activo sufren lo que se ha dado en denominar “síndrome postvacacional.” ¿En qué consiste? Pues básicamente en no tener ganas de nada, en estar triste, tener pocas energías, sentir cansancio, dolores articulares y de cabeza… vamos, como un mal resfriado pero sin virus que lo provoque. Y es que el cambiar el ir y venir de las olas del mar por el traqueteo del metro, no parece plato de buen gusto humano, se mire como se mire.

¿Y el resto de la población, los que no trabajan, se ven afectados por este síndrome? Les presento a una pequeña parte de la familia Fernández, unos “typical spanish” de estos tiempos que corren.

Ana, 12 años, pisará por primera vez las aulas de un instituto.

Hasta ahora ha sido una estudiante ejemplar pero este año está muerta de miedo. Todo el mundo le ha dicho cosas horribles del insti: “a partir de ahora te vas a enterar”, “los chicos se pasan mogollón con las pequeñas”… y las sempiternas palabras de Pedro, su padre: “ahora sí que tienes que tomártelo en serio porque ésto va a decidir tu futuro.”

Solo una de sus amigas va a ir a su mismo instituto y ni siquiera sabe si a la misma clase. Todo será nuevo para ella… ¡Como si tuviera poco con el cambio de su cuerpo en estos últimos meses! Hasta ahora siempre ha llevado uniforme y era genial porque Ana no es una niña que se preocupe mucho por ir a la moda; a ella lo que le gusta es hacer deporte, la música clásica y cuidar de su hermano pequeño, Javi, de 8 años.

¡Y ahora a elegir un modelito cada día!

Por si tuviera poco su padre, con quien apenas comparte horarios, se empeña en apuntarla a una pila de actividades extraescolares: violín y pintura los lunes, natación y danza para los miércoles… ¿Y cuándo va a tener tiempo para estudiar? Además este año habrá un montón de chicos nuevos en su clase ¿y si le gusta alguno? ¿Cuándo va a poder quedar con él? El año pasado su prima Paula, se echó novio a los dos meses de comenzar el curso… “Ojalá me pase lo mismo que a ella”- piensa a solas en su cuarto.

 

Luis, 22 años, en su último año de universidad.

Es uno de los nietos mayores de la familia; un ejemplo a seguir como Blanca, su madre, y el ojito derecho del abuelo, que ve reflejada en él su lejana juventud. Este año termina su grado en biología y está seguro de ser el elegido para descubrir la fórmula de la inmortalidad, por lo que se pasa el día leyendo estudios y viendo vídeos por Internet o cualquier cosa que le acerque más a su meta, al conocimiento.

Tiene una novia a la que ve algunos fines de semana y es buena chica; se divierten juntos saliendo a veces con los amigos, componiendo música juntos en cualquier parte y haciendo planes de un futuro que irremediablemente les aleja.

Quizá pueda trabajar los fines de semana y sacar algo de dinero para poder irse a estudiar a Estados Unidos el próximo curso.

Ojalá consiga una beca…

Pedro, 32 años, separado y autónomo a patadas con la vida.

Es el hijo pequeño de Manuela y Antonio. Se casó con una bohemia que le convenció para dejar su carrera de Magisterio y recorrer el mundo en una furgoneta, años en los que tuvieron dos hijos y en los que ella conoció a una alemana de la que se enamoró perdidamente y por la que le dejó tirado en un pueblo al norte de Suiza. Pedro tuvo que conducir sus miles de sueños rotos y a sus hijos de vuelta a casa de los abuelos.

Ahora trabaja como autónomo, buscándose la vida como puede. La experiencia viajera le sirvió para aprender varios idiomas y hace traducciones y revisiones literarias. Con eso se gana la vida… Y no tira la toalla. Cree que algún día la suerte volverá a mirarle de frente y le regalará todo aquello que le debe.

Solo es cuestión de tiempo…

Blanca, 44 años, jefa de departamento en una multinacional.

El teléfono no ha parado de sonar en los diez días que se ha tomado de vacaciones. Es la segunda hija del matrimonio; una mujer hecha a sí misma que ha trabajado duro desde los 18 años y ha llegado donde está gracias a su tesón y dedicación. Por eso sus jefes saben que pueden pedirle lo que quieran, porque es su empleada más fiel. Si hay que quedarse sin dormir dos noches para entregar un informe, ellalo hace; si hay que viajar prácticamente un mes seguido, ella se presta, aun sabiendo que no verá a su familia en todo este tiempo. A veces llega a casa a las once o doce de la noche. Apenas le da tiempo a darles un beso a su marido y a los niños que casi siempre están en la cama y cenar algo antes de caer rendida.

Mañana será otro día.

 

Manuela, 67 años, ama de casa “retirada”.

Como loca por volver a la rutina – ya tendrá después tiempo de arrepentirse- porque ha tenido la casa de Benidorm todo el verano llena de gente: de quincena en quincena la romería no ha tenido fin. Hijos, nueras y yernos, nietos, unos aún con pañales, otros ya con novias… Un no parar de fregona y pucheros que le han dejado extenuada.

Manuela vuelve hoy de la playa y por el camino va repasando con Antonio la lista de cosas que tienen que hacer al día siguiente: ir a la compra, preparar el menú mensual, organizar el cuadrante de actividades extraescolares de los más pequeños, arreglar un par de uniformes y coger un par de bajos… El fin de semana próximo tienen que volver a la casa de Benidorm para dejarla ya cerrada de cara al invierno, porque Luis y su novia se han quedado allí para aprovechar estos últimos días de verano, y vaya usted a saber cómo queda la casa.

Manuela a veces se siente tan agotada durante el invierno que llega a enfermar. Y eso que da gracias de tener a su lado a Antonio, su marido desde hace 48 años y el padre de sus 6 hijos, que le ayuda en todo lo que puede siempre con una sonrisa. Ojalá pudiera disfrutar más tiempo de la casa de la playa con Antonio, como dibujaron cuando eran jóvenes.

Ojalá aquellos sueños se convirtieran en realidad.

Manuela sabe que Antonio también sufre y se entristece al pensar que todos los esfuerzos que hicieron para llegar a esta edad en una buena posición, hayan sido en vano. Pero qué se le va a hacer: estos son los tiempos que corren.

 

Antonio, 72 años, marido de Manuela.

El pobre ya está temblando esperando la famosa “vuelta al cole.” Ha pedido al gremio de taxistas una banderita de esas que llevan los profesionales para poner el cartel de LIBRE u OCUPADO, según las horas del día. En hora punta, entrada y salida de los colegios, Antonio es un hacha y el amo de la doble fila.

De lunes a viernes su vida es más o menos la misma y comparte con Manuela la noble tarea de ayudar a sus hijos a la crianza de su tercera generación: recoge a los pequeños, los lleva al cole, los recoge a la hora de la comida, los lleva a su casa… Y luego las dichosas actividades extraescolares: los lunes lleva a Ana a clases de violín a las 17:00 y a Javi al club de fútbol a las 17:30. Media hora más tarde recoge a Ana y la lleva a su clase de pintura, mientras espera el final del entrenamiento de Javi a las 18:30. Luego recogen juntos a la mayor y vuelven a su casa donde papá a veces ya les espera. Los martes es lo mismo, pero con los hijos de Pedro, “el pobre ha tenido tan mala suerte… ¿cómo no le vamos a ayudar?” Los miércoles es el día que más lío tienen: Ana y Javi van primero a natación juntos y después a danza y guitarra eléctrica respectivamente. Los jueves los de Blanca van a equitación y los viernes relax extraescolar porque empieza la marcha: llevar a los nietos más mayores a sus zonas de quedada con los amigos. Antonio conoce ahora los garitos de moda mejor que en su época de juventud.

A veces piensa que le gustaría volver a trabajar.

Eran mejores aquellos tiempos, al menos uno era más libre y tomaba las decisiones por sí mismo; tenía sus rutinas, sus horarios, compañeros de trabajo con los que conversar… Él siempre pensó que llegada esta edad podría disfrutar de su jubilación, de su mujer –quien le esperó tantas noches mientras doblaba turno para poder comprar el apartamento de la playa “donde viviremos cuando nos jubilemos” era su sueño-, de todo ese tiempo que parecía faltarle entonces y que le falta aún más ahora. ¡Qué paradoja! Pero los tiempos que corren son estos y no queda más que aguantar. “Qué se le va a hacer”- se resigna. Se enfada mucho cuando ve a Manuela enferma por el estrés de tener que hacerse cargo de los nietos, pero no le quiere decir nada, porque no quiere hacerla sufrir aún más.

 

Pipo, el perro de Manuela y Antonio.

¿Se creen que él no sufre el síndrome postvacacional? Como el que más. Ha estado en la playa, saliendo a pasear con los abuelos y los nietos mañana y tarde, jugando a la pelota con los pequeños, comiendo la comida que le dan a escondidas… y ahora toca volver a la rutina

Y ahora ya nadie tiene tiempo para él.

Es feliz al medio día, cuando los niños llegan a comer a casa y las paredes retumban en ruidos y alborozo. Javi siempre comparte el segundo plato con él y eso a Pipo le encanta. Pero pronto Antonio se los vuelve a llevar en el coche y cuando vuelve está tan cansado que ya no tiene ganas de jugar, ni siquiera de pasear por el parque por las noches.

 

Epílogo

Este artículo es un pequeño homenaje a todas las “Manuelas” y “Antonios” que guardaron sus sueños en el desván para mantener esta locura en la que se ha convertido nuestra vida occidental.

GRACIAS.

 

Artículo publicado en el número 32 del Periódico Capital Noroeste – septiembre 2016
Ilustración de Regina García Cribeiro www.reginagcribeiro.com
By | 2016-09-08T09:09:30+00:00 septiembre 8th, 2016|Opinión|0 Comments

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