Imagina por un día – In my shoes.

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Imagina por un día – In my shoes.

Imagina que es un martes cualquiera. Imagina que tienes un cliente para quien has presentado una candidatura a unos importantes premios de su sector, al que asisten todas las grandes marcas de la competencia y es el día de la ceremonia de entrega de galardones.

Imagina que sales de tu casa vestida, arreglada y maquillada como la ocasión requiere, con tiempo suficiente para llegar al evento antes que tu cliente; aparcas tu coche lo más cerca que puedes del lugar de celebración –un asunto no muy sencillo en Madrid- y comienzas a andar por la calle.

Imagina que de repente notas algo extraño en tus pies y comienza a hacerse difícil andar de un paso a otro. Miras hacia tus zapatos y te das cuenta de que uno de ellos, el izquierdo, ha comenzado a desmontarse en todas sus partes: desde la suela hasta la pieza de refuerzo del talón, pasando por todo el revestimiento y adornos laterales.

¿Lo imaginas?

Imagina que tu reacción es rápida y justo encuentras cerca una gasolinera hasta la que consigues llegar, a duras penas, eliminando por completo la suela de tu zapato y apoyándote sólo en la estructura de piel interior que separa tu pie de ésta.

Imagina que entras y, con toda la calma que puedes, te pones a buscar entre las distintas opciones posibles, aquella que crees que mejor resolverá la situación y te permitirá salir del paso para llegar antes que tu cliente al evento.

Imagina que finalmente te decides por una y, cuando llegas a la caja, comienza un debate a tu alrededor, al alertarse de tu situación las cinco personas presentes. Cada cual opina y hace valer su opción por encima de otras. Escuchas, miras a tu alrededor, tomas la decisión que crees más acertada y te das cuenta de que la única mujer que hay en la tienda te mira con cara de asco, malhumorada, porque están tardando un poco más de la cuenta en cobrarle, aun cuando va dos personas por detrás de tu turno, para el que has esperado religiosamente.

Imagina que pides la llave del baño, te encierras en él y comienzas a pegar el zapato, como a duras penas puedes con tan solo el bote recién comprado, a la mayor rapidez, pero con el mayor esmero posible, viendo como los minutos pasan y tu ventana de tiempo extra comienza a hacerse crítica porque tu cliente está a punto de llegar al evento.

Imagina que todo parece salir bien; cierras con una sonrisa la puerta del baño, devuelves la llave y sales andando a la calle.

Imagina que, de repente, la misma sensación que tuviste en el zapato izquierdo, recorre tu pie derecho. ¡No puede ser! – Piensas.- Y sin embargo, miras al otro zapato y está exactamente en la misma situación que el anterior, que tampoco ha quedado perfectamente reparado.

Imagina que recibes un mensaje de tu cliente preguntándote dónde estás. Le mandas un mensaje –hay confianza- y le explicas lo que te ha pasado. Le informas de tu decisión: salgo corriendo a un centro comercial enorme, relativamente cercano, para hacerme con unos nuevos zapatos. “No te preocupes; llegaré tarde pero llegaré, espero antes de verte subir al escenario a por el premio :)”

¿Lo imaginas?

Imagina que en ese momento te quitas los zapatos y echas a correr descalza por las calles más céntricas de la zona más exclusiva de Madrid. Llegas a tu coche, arrancas y te diriges a ese centro comercial, situado en la zona de Nuevos Ministerios. Un centro comercial con más de 6 aparcamientos no comunicados, con varios edificios dedicados a las diferentes secciones entre la que se encuentra “zapaterías”, la que tú quieres. ¿En cuál? Ni idea… odio ir de compras.

Imagina que por fin te decides por uno de los aparcamientos, buscas una plaza cercana a la puerta de acceso, para no tener que caminar demasiado tiempo descalza por el suelo terriblemente sucio, y la encuentras. Aparcas, cierras tu coche y sales corriendo a buscar el ascensor que te lleve a la sección zapatería.

Imagina que coges el ascensor, prácticamente lleno, y que todo el mundo se percata –supongo que por la revisión exhaustiva de la vestimenta- de que vas pertrechada como para una boda, pero que te faltan los zapatos. Y todo el mundo mira de reojo a tus pies, poniendo mala cara e incluso haciendo guiños a sus acompañantes más despistados. Ni una sola sonrisa, ni una sola cara de “me pongo en tu piel.”

Imagina que se abre la puerta del ascensor y apareces en la tercera planta, y ante ti toda una sección enorme, donde están todas las firmas más prestigiosas de zapatos que hay en ese centro comercial. Te acercas al primer dependiente que ves, que está paseándose entre las estanterías sin hacer aparentemente nada, le pides ayuda, te mira, se para a observar tus pies descalzos y con cara de verdadero asco te dice “lo siento, ahora mismo no puedo atenderle.” Y ves que pasa ante ti y se va detrás de otro mostrador en el que continúa sin hacer nada.

¿Lo imaginas?

Imagina que comienzas a buscar zapatos por tu cuenta; un 41 es difícil de encontrar en los expositores. Mientras, miras tu reloj y ves que ha pasado más de media hora desde el inicio del evento de tu cliente. Aprietas los dientes para contener las lágrimas que intentan escaparse de tus ojos fruto del estrés, descalza por primera vez en tu vida en el medio de tu gran ciudad, ante la falta de empatía de la gente que te vas encontrando – incluso la de aquellos a quienes les pagan por atenderte.-

Imagina que decides que no tiene sentido perder más tiempo buscando por tu cuenta y te acercas de nuevo a otro mostrador, donde encuentras a una mujer a quien te confiesas, le expresas tu urgencia por encontrar algo que te saque del apuro, mientras haces una mueca sonrojada mirando a tus pies, donde ella también dirige su mirada antes de soltar con mala cara y tono seco: “Se te han roto los tacones ¿no?”

¿Lo imaginas?

La respuesta, obviamente, es afirmativa. Y ella lo sabe. Y ella sale delante de ti, andando hacia el expositor de firmas, mientras al tiempo te pregunta qué quieres. “Algo que me saque del paso; no quiero gastarme un dineral en unos zapatos que posiblemente no vuelva a usar, porque la verdad es que no tengo tiempo de pararme a elegir. Algo con un poco de tacón, quizá en colores azules o plata, que son los colores que visto ahora, y que vaya acorde con este estilo de ropa.”

Su primera opción fue ofrecerme unas sandalias planas, de color dorado, con piedras enormes de color transparente. Precio: 139 €

Imagina su cara cuando le dije que no era mi estilo, que no era lo que estaba buscando. Creo que si el nombre  “asco” tiene un semblante, sin duda es el suyo.

Imagina que, en medio de la desesperación del momento, con ganas de gritar, de llorar y salir corriendo a tu casa dejando a tu cliente solo en el evento, te das la vuelta y encuentras unas sandalias con tacón, color plata, con un precio considerablemente inferior: 69 €

Imagina que le preguntas a la dependienta: “¿podría sacarme estas sandalias en un 41, por favor?” Ella ni siquiera te responde; simplemente desaparece tras una puerta donde imaginas se encuentra el almacén. Te quedas mirando a la puerta cerrada y decides comenzar a andar por la sección, descalza, suponiendo que ella está en el almacén buscando tu número mientras tú haces todo lo posible por encontrar alternativas en caso de que ella vuelva a aparecer diciendo que el número no está disponible.

Imagina la cara de la gente que se está probando zapatos y ve que estás descalza, andando por el centro comercial, ya con los pies negros.

Imagina que, de pronto, sale la dependienta con una caja en la mano. ¡Es tu número! Sonríes –parece que la pesadilla por fin llega a su fin-, te lo entrega, te lo pruebas… da igual cómo te quede: ¿cabe el pie? Suficiente. No hay tiempo que perder.

Imagina que, ya con los zapatos puestos, le pides que te cobre, sacas tu tarjeta de cliente y ella se dirige a ti para pedir tu firma. Te devuelve el ticket y tu tarjeta sin más; se da media vuelta y ni siquiera contesta a un “gracias” que casi te duele pronunciar, después de la situación vivida, el desprecio y la falta de empatía percibida.

Imagina que subes al ascensor, recoges tu coche, sales del centro comercial, aparcas y llegas al evento. Una hora más tarde. Te acreditas, accedes al auditorio sigilosamente, te sientas, miras al escenario y justo escuchas pronunciar: “Gracias por su asistencia, nos vemos el año que viene.”

¿Lo imaginas?

¿Has seguido todos mis pasos? ¿Imaginas que te hubiera pasado a ti?

Dedica un instante a la reflexión. Ponte en mis zapatos. ¿Qué habrías hecho tú?

Este post no tiene una ninguna enseñanza, consejo ni moraleja. Simplemente intento hacer un ejercicio de empatía contigo. Desde mi perspectiva, es una reflexión sobre la falta de valores a los que estamos llegando. A la decadencia moral del ser humano.

Nuestro EGO y aquello que nos han enseñado como bueno o malo, aceptable o inaceptable, está por encima de nuestra capacidad de empatizar y ayudar. Ya no sabemos colocarnos en la piel del otro.

Las caras a las que me he referido antes realmente no reflejaban asco. Mostraban el alma. Un alma que refleja el desprecio propio de quien dice “no me importas nada y no me pienso rebajar a tu altura. ¿Qué van a decir si me ven ayudándote?” El despotismo propio del S.XVIII. Quizá no hemos aprendido tanto.

Mañana puedes ser tú. No te preocupes, si coincidimos, haré todo lo que pueda por ti. Aunque sea mostrar mi comprensión e intentar arrancarte una sonrisa. Me pondré en tus zapatos.

By | 2016-10-23T16:18:00+00:00 julio 5th, 2016|Opinión|1 Comment

One Comment

  1. Félix 5 julio, 2016 at 2:52 pm - Reply

    Quien tiene alma siempre será una fuente donde los sedientos nos llenaremos.

    Necesitamos aprender de los beduinos.

    La paz vaya contigo.

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